Algo es algo

Ya no falta casi nada para que haya elecciones generales en la Argentina, y como siempre en estas épocas los analistas políticos trajinan páginas y páginas de pronósticos y probabilidades.

Es tiempo perdido: en Argentina no hay prácticamente ninguna posibilidad de saber lo que pasará, no ya en cinco años, sino la semana entrante. Es verdad que uno puede tomar algún tipo de tendencia y extrapolarla, pero las matemáticas se declaran impotentes ante nosotros, que podemos afirmar con toda frescura que dos más dos es igual a chorizo.

Ya no se trata sólo del albur de las encuestas donde el “error estadístico” se convierte en una variable más influyente que los propios encuestados (que por otra parte mienten, todos mienten en las encuestas, ¿usted no lo hace? ¡Hágalo! es muy divertido) sino de lo que los sesudos analistas piensan que el próximo Presidente, sea quien sea, podría llegar a hacer.

Verá, seducir al electorado es bastante parecido a seducir una señorita: uno se muestra como cree que la señorita quiere que sea, con la esperanza de que cuando llegue el momento de mostrarse tal como es la dama ya esté enamorada y no lo note, o al menos le cueste tanto admitir que ha sido engañada que se resigne a permanecer con uno.

Los candidatos proceden igual, y ellos tienen la ventaja de que una vez elegidos hay que soportarlos durante cuatro años aunque se hayan convertido de príncipes azules a señores calvos panzones, que cubriendo sus vergüenzas con un calzoncillo con el elástico vencido le gritan al objeto de su fingido afecto que salga de adelante de la tele.

Sí, hay maneras de interrumpir este contrato tetra anual, pero la inexistente, al menos para la Real Academia Española, palabrita “destituyente” todavía tiene una inmerecida mala prensa.

Es toda una cadena de simulaciones consentidas: los candidatos saben que si dicen lo que realmente tienen planeado hacer, suponiendo que lo saben, no los votaríamos, nosotros sabemos que no harán lo que dicen que van a hacer, y los votamos; ganan y a la semana empezamos a quejarnos de que no están haciendo lo que dijeron que harían, aún sabiendo que nos lo dijeron sin la menor intención de hacerlo. Lo que se dice, una fiesta de la Democracia.

Tal vez Scioli, que ha sido menemista, duhaldista, nestorista y cristinista se conviera en sciolista, quizás Macri declare la dictadura del proletariado o Massa se haga nombrar Emperador. Puede que se libere parcial o totalmente la economía, o que se cierre todavía más y comencemos a atribuir la escasez al bloqueo imperialista, que la inflación llegue a setenta dígitos y volvamos al trueque, que adoptemos el ají picante como moneda o que nos convirtamos en faquires. Tal vez volvamos a ser una República, nos quedemos en republiqueta o demos el salto y seamos una de esas Repúblicas Populares que destilan sarcasmo en cada sello oficial. Quizás estaticemos el Estado, privaticemos el aire o declaremos de interés nacional y uso obligatorio la corbata de moño.

Recordemos que un Presidente nos condenó al éxito, y luego vino otro que afirmó habernos sacado del Infierno para llevarnos al Purgatorio, con lo cual siempre nos quedó la duda de si nos habían conmutado la pena o si el Purgatorio era todo el éxito al que podíamos aspirar. Bien mirado, el Purgatorio se convierte en una analogía muy descriptiva de nuestro estado constante: nunca estamos felices, pero sabemos que las cosas podrían ser peores (sé que este conocimiento se pone a prueba constantemente, pero créanme podrían ser peores. Un poco).

Por otra parte, en esta extraña década de más de doce años (es decir, una década más IVA e Ingresos Brutos) nos hemos tenido que tragar tantas veces las palabras “no, eso no lo van a hacer” que si las frases tuvieran calorías el sumo se hubiera convertido en deporte nacional.

De cualquier manera, sobreviviremos, o más bien sobreviviremos de cualquier manera: los argentinos tenemos una resiliencia rayana en la locura que nos convierten en una especie de cucarachas humaniformes y nos permiten seguir adelante en cualquier circunstancia imaginable. Conocemos muchos países que por la décima parte de las cosas que pasamos nosotros hubieran entrado en anarquía, caído en la guerra civil, abrazado el canibalismo o practicado la cientología. Estamos tan acostumbrados a medir la vida como los períodos que hay entre una crisis y otra, que para nosotros el turismo aventura consiste en ir a pasar unos días a un país donde los trenes llegan a tiempo.

Así que mi opinión y pronóstico sobre la futura administración del próximo Presidente es honesta a falta de ser precisa: no tengo la menor idea de lo que vaya a suceder.

Sin embargo tengo una pequeña y raquítica cuota de optimismo que lucha por permanecer, y se basa en lo siguiente: ahora estamos inmersos en una anormalidad tan espantosa, que cualquier acción que nos acerque milimétricamente al sentido común nos va a parecer un avance. Es como si durante todo estos años cada vez que hubieran venido invitados a cenar a casa se hubieran puesto a descomer sobre la alfombra del living, y de pronto empezaran a hacerlo sobre periódicos usados en la cocina. Sí, todavía estarán lejos de ir al toilette y usar papel higiénico, pero al lado de lo anterior nos parecerá el colmo de la urbanidad y cortesía.

Aunque más no sea, suponiendo que la primera venia de los granaderos de guardia en la puerta de la Casa Rosada no transforma a las personas en energúmenos, podemos estar casi seguros de que no deberemos soportar la inefable verborragia del futuro Presidente por cadena nacional a cada rato, en parte porque ninguno de los candidatos con posibilidades presume de tener grandes dotes de oratoria y en parte porque ya no nos podremos dar el lujo de inaugurar canillas cada dos por tres.

Y si sucede, si de pronto se ponen comunicativos, por lo que hemos visto hasta ahora los tres tienen un tono más bien monótono y tranquilizador que se opone al tonito crispante de la señora saliente, y podremos aprovechar para echarnos una siesta.

Algo es algo.

Mr Bugman por “Vision Independiente” #2

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