TODO PASA

Algunas veces uno se encuentra en un lugar donde a lo mejor no debería estar, pero por producto de una serie de coincidencias y casualidades, está.

En eso pensaba el viernes, mientras me codeaba con lo más selecto de la farándula, el periodismo y la política argentinas en la fiesta de inauguración

de las nuevas instalaciones de una conocida editorial.

En un momento de la velada en el que mis desplazamientos en búsqueda de sandwichitos me depositaron cerca de la entrada al edificio, percibí una

especie de tumulto. Haciendo honor a la calidad de curioso con la que había asistido al evento, me acerqué para ver qué pasaba. Cuál no fue mi sorpresa

al advertir que, rodeado de una nube de guardaespaldas, estaba haciendo su entrada el mismísimo reciente Licenciado Daniel Osvaldo Scioli,

Heredero Probable de la Corona de los Mil Pingüinos.

Me aplasté un poco contra la pared del pasillo para que los entusiastas muchachos de la seguridad no me llevaran puesto, y lo vi pasar frente a mí. Si hubiera

tenido que musicalizar el momento, sin dudas hubiera elegido la Marcha Imperial de “La Guerra de las Galaxias” esa que ponen cuando aparece Darth Vader.

No, no era una fiesta de disfraces, no venía el candidato con el traje de cuero del Jedi oscuro, pero sí tenía la máscara. Ah, no, tampoco, era la cara. Ay, caramba,

qué cara. Aparte del material símil cuero que la recubría y que tardé en reconocer como su piel, tenía un gesto que describir como adusto sería como llamar

petardo a una bomba de neutrones. Parecía que estaba sufriendo un ataque al hígado acompañado de un dolor de muelas, que la mujer le acababa de decir que

la suegra venía a vivir con ellos, que la amante lo había dejado por un macrista y que se había puesto unos zapatos tres números más chicos. Todo junto.

Me dedicó una mirada desprovista de toda cordialidad. Le respondí de la misma manera. Qué tanto. Era candidato, lo menos que espera uno es que le sonrían

a un potencial votante.

No me recuperaba aún del fortuito encuentro cuando advertí que por el mismo pasillo venía caminando el Ingeniero Mauricio Macri. Y venía relajado, sonriente,

Acompañado por su bellísima mujer. Parecía un actor de cine, vea. Se detuvo un par de segundos para saludarme y estrechar mi mano. Porque seré un ignoto

cualquiera pero también un potencial votante. Quise decirle “buenas noches, Ingeniero”, pero se me trabó la lengua y salió algo como “fundsnes, mndgeniero”.

Le causó gracia, se rió y siguió caminando.

Me quedé pensando un minuto. El que estaba tan seguro de ganar andaba con cara de cadáver y el que a lo sumo podía empatar, fresco como un pimpollo.

Y me olvidé del asunto cuando vi que pasaba otra bandeja de sandwichitos.

El sábado duró lo que tardó en llegar el domingo, día de elecciones.

A mí me gustan los domingos de elecciones. Se ve mucha gente caminando por la calle, sin prisas y por alguna razón, de un talante menos desagradable que de costumbre.

Pareciera que ejercer la ciudadanía los pusiera menos inciviles.

Por eso me levanto temprano, me demoro en la ducha, me siento a desayunar tranquilamente en un bar y luego, a pie, silbando una tonadilla irlandesa, me voy a la escuela

donde me toque votar.

Llegué a mi mesa a eso de las 10 30 y pasé al cuarto oscuro en un minuto, porque no suelen acumularse sufragantes a esas horas. Puse en el sobre una boleta casi completa,

sólo excluí al candidato al Parlasur porque con la edad uno va conociendo gente y no tenía ninguna intención de darle a ese muchacho una beca pagada con mis impuestos.

a eso de las 11 llegué a casa, y me dispuse a pasar una tarde tranquila realizando algunas tareas pendientes.

Todo fue bien hasta eso de las 14, cuando me asaltó una ansiedad digna de testigo falso. Entré a Twitter, y me arrepentí, estaban difundiendo los famosos “bocas de urna”

que son como una encuesta degenerada teniendo en cuenta que las encuestas tampoco tienen la reputación de la Madre Teresa de Calcuta. Todo estaba muy efervescente,

así que me retiré, no sin antes recibir una generosa porción de metralla virtual.

Puse la tele. Algunos canales pasaban gente haciendo análisis y proyecciones, nada fuera de lo habitual. Como los analistas de verdad y los políticos más o menos relevantes

estaban ocupados preguntándole a los árboles qué habían votado o haciendo roscas gigantescas, en las pantallas teníamos ex presidentes aficionados a salir de la Presidencia

por el techo de la Casa Rosada y ex Jefes de Gobierno a los que inexplicablemente recurrían para preguntarles otra cosa que la hora.

Decidí que esperaría hasta las 18, cierre de los comicios, para volver a los canales de aire. Me puse a ver una película. Cuando advertí que no era normal que los hobbits estuvieran

a bordo de la nave espacial Enterprise, acepté que mi mente estaba demasiado dispersa. Trabajo manual, algo que requiriera concentración, eso necesitaba. Al rato estaba

planchando corbatas.

A las 16 ya había cambiado las sábanas, barrido el piso, arreglado una canilla, ordenado mis camisas por color y cantidad de botones, lustrado mis zapatos, contado las monedas

que había en los bolsillos de todos mis pantalones, probado cuarenta y dos posiciones para los sillones del living y calculado el déficit fiscal de Kiribati.

A las 17 había descubierto una falta de ortografía en un libro de 500 páginas. 2 minutos antes de las 18, cuando ya me estaba comiendo las uñas de los pies, encendí la tele y pude

presenciar la página más vergonzosa de la historia de la obsecuencia: el “periodismo militante” (con perdón del oxímoron) anunciaba que Daniel Scioli era el nuevo Presidente

y Aníbal Fernández el nuevo Gobernador de la provincia de Buenos Aires. Mientras trataba de recordar adónde había guardado el pasaporte, hice zapping y en el resto de los

canales se mostraban prudentes y no daban números, aunque ordenaban a los candidatos en el mismo orden que veníamos viendo durante toda la semana: Scioli, Macri, Massa.

Durante las horas siguientes no hubo un solo anuncio oficial, y todos aseguraban que habían ganado, aunque todos sabíamos que eso no podía ser ya que los únicos que habían

ganado incluso antes de votar eran los votantes de Margarita.

La actividad que desplegué para sobrellevar la espera hasta eso de las 22 es un recuerdo borroso en mi mente, con pequeños destellos nítidos que me muestran tomando un baño,

comiendo salchichas crudas y caminando por la calle con la expresión de un ermitaño en Nueva York.

Al fin, salió a hablar Scioli.

Cuando iban treinta segundos de discurso, salí corriendo a ver el almanaque. El tipo hablaba como si la elección fuera la semana que viene. La cara que tenía era la misma con la

que lo había visto el viernes, pero sumándole una colonoscopía sin anestesia. En vivo.

Luego salió Massa. Dijo que va a seguir en la lucha.

Por último, desde el búnker de Cambiemos, apareció la mayor exhibición de sonrisas que se había visto desde el Congreso Internacional de Fabricantes de Dentífrico.

“¡Hay ballotage!” dicjo Maru Vidal con esa dulzura que haría abrazarse a una patota del conurbano profundo.

En Twitter los simpatizantes de la alianza Cambiemos emitían gigabytes de alegría.

Pero tuvimos que esperar hasta los primeros minutos del lunes para que los muchachos del Gobierno largaran las primeras cifras oficiales.

El 17 de julio de 2008, a las 4:25 de la mañana, el entonces Vicepresidente de la Nación, Julio Cleto Cobos, balbuceaba las palabras “Mi voto no es positivo, mi voto es en contra”

impedía que se sancionara la Resolución 125 que imponía retenciones móviles al campo y desataba un terremoto político en el oficialismo.

Recuerdo que yo, que de productor agrícola tengo menos que de xilofonista sueco, lloré de emoción. Porque sentía que algo se había terminado. (Me equivoqué espantosamente,

pero bueno)

El lunes 26 de octubre de 2015 a la madrugada, con los ojos grandes como platos, vi la pantalla que mostraba a Macri ganando la elección y a Vidal consagrándose gobernadora

y sentí la misma emoción multiplicada por 2657, que fueron los días que habían pasado desde esa fecha.

En sus oficinas, los encuestadores se reían como locos mientras jugaban a ver quién se metía más cheques en los bolsillos sin reventarlos.

Más tarde los números cambiaron un poco, pero ya es seguro que tendremos segunda vuelta para presidente y que Maru Vidal mandó a Aníbal Fernández a reflexionar sobre su

futuro.

No pude resistir la tentación de ver las imágenes de los militantes del proyecto nac&pop llorando de angustia y de comprobar el silencio sepulcral de los cybersoldados

de la Revolución Imaginaria en las redes sociales, y entendí que, por primera vez en esta dilatada década de 12 años, estaban quebrados espiritualmente.

El kirchnerismo no era invencible, nunca más.

Ya vendrá el tiempo de criticar al gobierno que surja de las urnas el 22 de noviembre. Porque esa es nuestra obligación ciudadana, controlar.

Pero la emoción que sentí esa madrugada, y que surge otra vez mientras escribo estas palabras, no me la quita nadie.

Se terminó.

Adiós, señora.

Mr Bugman por “Visión Independiente” #3

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