La jornada electoral del domingo 25 de octubre en Colombia

La jornada electoral del domingo 25 de octubre, para la renovación democrática de los poderes regionales y locales, pasará a la historia como una de las más tranquilas.

Los comicios cumplieron su función a cabalidad, aunque en sus trámites hubieran subsistido irregularidades que no alcanzan a inferirle mancha irreparable. En el caso específico de la capital de la República, confirmaron el profundo viraje que las encuestas, con todas sus deficiencias, presagiaban. En realidad, se puso término a una hegemonía que osó desafiar la confianza pública, en sus primeras fases con una feria de latrocinios y saqueos y luego con sistemático espíritu camorrista e incompetencia administrativa. Curiosa e injustamente, los platos rotos le correspondería pagarlos a quien, en las sombras aciagas de esos períodos, protagonizara paréntesis luminoso, infortunadamente fugaz en el ejercicio del poder metropolitano.

Los colombianos no estamos dispuestos a pasar por alto las atrocidades cometidas por el narcoterrorismo de los asesinos de las Farc. Así lo han mostrado en las urnas este 25 de octubre, otorgando una victoria a las fuerzas más moderadas, las que representan el sentir general, sean del bando que sean. Habrá quien considere que las Farc no concurrían a más elecciones y es bien cierto. Pero del recuento de papeletas ha quedado claro que nadie está dispuesto a ofrecerle el más mínimo resquicio político a estos delincuentes ni a olvidar que, hasta anteayer, con el carnicero Marulanda primero y con el propio Timochenko después, la narcoguerrilla andaba asesinando a discreción al grupo social más numeroso de Colombia, el que representan todos aquellos que no comulgaban con sus sandeces. Asesinando, sí. Y secuestrando con collares bomba y alambres de púas. Y “reclutando” por la intimidación de las pistolas a niños. Violando campesinas y a sus propias mujeres, aunque compartieran uniforme. Sodomizando de miedo al país. Por eso, poco me importa el análisis de los resultados electorales del domingo. Porque en política valen todas las interpretaciones. Para unos habrá salido reforzado el presidente Santos, para otros, Vargas Lleras, en su carrera meteórica hacia Nariño. Para algunos, Uribe habrá retenido el caudal político que aún atesora e incluso habrá quien considere que el varapalo a la izquierda, tras perder la Alcaldía de Bogotá, no lo es tanto. Todo depende de matices y del color del patrón para el que escriben o comentan los analistas.

Este análisis va más allá de los resultados de unas elecciones que se darán la vuelta o no dentro de unos años. Los votos de los colombianos han arrojado una tendencia clara: la apuesta por la moderación. Colombia es hoy, como señalaba un reciente informe de Credit Suisse, uno de los países no ya de Latinoamérica sino del mundo donde más ha aumentado la clase media en los últimos años. Un 168 % si no recuerdo mal. Mientras Colombia ha vivido una transformación radical, otros países de la región han sufrido el efecto contrario, como es el caso de Argentina. Mientras Colombia apostaba por el libre mercado y por la convivencia, en tierras australes la megalomanía de Cristina Fernández de Kirchner ha polarizado el país y arruinado a la clase media. Son hechos y los hechos se traducen en las urnas. Colombia es hoy un país con una mayor y más pujante clase media, aún no en los niveles europeos ni norteamericanos, por descontado, pero su avance no podía por menos que traducirse en las urnas. Y el veredicto es claro: la inmensa mayoría ha votado por la estabilidad. Han votado pensando en su bolsillo y en el porvenir de sus familias. Los cuentos chinos (o bolivarianos) no tienen cabida en un país de clases medias. Menos aún los postulados de una vieja guardia marxista y asesina. ¿Saben acaso sus hijos quién fue Marx? Lo dudo. Pero conviene que les expliquen el daño que en su nombre Marulanda, Timochenko y otros genocidas de la historia han causado en Colombia y en todo el mundo. Millones de muertos y desplazados y el sufrimiento de los pueblos a los que sometieron en nombre de la mayor falacia de todos los tiempos. Háganlo, para que las Farc o lo que quede de ellas no tengan jamás cabida en unas urnas.

Edilson Villa M. por “Visión Independiente” #3

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