Cuando una militante de #NiUnaMenos mata a una mujer

Genitalizar la violencia ha creado víctimas de primera categoría y víctimas de segunda; víctimas que merecen marchas multitudinarias y víctimas condenadas a la indiferencia social; víctimas que a los medios hegemónicos conviene visibilizar y víctimas que es preferible no mostrar; víctimas que se constituyen en capital político y víctimas que a la política en nada sirven.1

En la base de esta suerte de nueva estratificación sexual, se encuentra la ideología de #NiUnaMenos que puede ser resumida de la forma que sigue: dado que la violencia siempre va del hombre hacia la mujer, y en tanto que la violencia es un problema de género, marchar por no más mujeres muertas equivale a marchar por no más violencia de género.

La ideología revela su absoluta falsedad cuando comprobamos que la mayoría de las mujeres asesinadas no lo son por razones de género. Puesto que la violencia de género es aquella que se origina en el odio hacia el otro género como tal, los grupos feministas han tenido que falsear las causas de los “femicidios” para poder seguir reduciendo el complejo fenómeno de la violencia a un problema genital. ¿En cuántos de estos casos se comprobó que el victimario había sido movilizado en su criminal accionar por el odio hacia el sexo femenino como tal?

Empezamos a ver lo falaz de esta ideología cuando encontramos, además, que no sólo hombres matan mujeres, sino que muchas veces mujeres matan mujeres. Y todavía más: que incluso militantes del colectivo #NiUnaMenos matan mujeres.

Tal es el caso de Jorgelina Domínguez Reyes4, miembro de #NiUnaMenos de Trelew, Argentina, que acaba de caer presa por asesinar a una joven de apenas 13 años de edad. En su perfil de Facebook, Jorgelina rendía homenaje a las “víctimas de la violencia de género”, publicaba fotos de mujeres asesinadas por hombres y clamaba por “Ni Una Menos”. No obstante, no vaciló en descargar cuatro balazos sobre Candela González, tras convocarla mediante redes sociales a una plaza pública para pelear.

Desde ya que ningún colectivo feminista hará ninguna marcha por Candela; ningún medio de comunicación se preocupará por su caso de la manera en que lo hacen cuando se alega “femicidio”; ningún político saldrá a dar ningún discurso de pacotilla y nadie se pondrá como foto de perfil de Facebook el rostro de Candela. Ella es, después de todo, una víctima de segunda categoría en razón de los genitales de su victimaria.

La ideología de #NiUnaMenos, asimismo, muestra su falsedad en proporcional magnitud cuando comprobamos que en lo que a riñas entre sexos refiere, el hombre no siempre es el victimario de la relación. En lo que va de 2017 al menos 28 hombres fueron asesinados por mujeres, sólo relevando medios de prensa.

El caso de Rubén Cuello es digno de mención: fue asesinado y descuartizado por su esposa, Karina Lidia Signoretta, en una localidad cordobesa. Esta última, a pesar de haber confesado el crimen, fue absuelta la semana pasada tras simplemente pedir perdón al tribunal y declarar que su marido era alcohólico y violento. No hizo falta prueba alguna: se la dejó, sin más, en libertad. Si el caso hubiese sido a la inversa, y Rubén hubiera descuartizado a Karina, no sólo que aquél hubiera recibido la máxima pena judicial, sino que hubiéramos visto a los “militantes contra la violencia de género” desplegar enormes convocatorias y llamados de consciencia. Pero nada de eso pasó: Rubén es, también, como Candela, una víctima de segunda.

Agustín Laje

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